
11 feb 2026
Dra. Anna Karla Uribe Escalante
Corría el año 2009 y con veinte años, quien escribe sentía que la identidad hervía como todo en la juventud. Por esos días sonaba “Pobre Diabla” de Don Omar y el reggaetón —ese de esquina, sudor y periferia— marcaba una forma de estar en el mundo: rítmica que invitaba al baile continuo y letras que, con todos sus claroscuros, hablaban de experiencias vividas. Aquel reggaetón y el de hoy comparten una misma verdad: el cuerpo que se mueve es un lenguaje. Y este año, en el escenario más visto de la cultura deportiva estadounidense, el cuerpo volvió a hablar.
No soy fanática del futbol americano —ni siquiera me gusta—, pero el lunes 9 de febrero, un día después del partido del 8 de febrero, busqué el show de medio tiempo en YouTube para entender qué desataba tanta efervescencia colectiva. Lo menciono porque no consumo el Super Bowl para encajar en la conversación pública; lo observo como lo que es: un ritual cívico‑mediático que Estados Unidos ha exportado al planeta, un escenario donde cada gesto adquiere resonancia simbólica. Y justamente por eso importa lo que allí se hace y se dice, sobre todo en un mundo donde el amor suele subestimarse y rara vez se coloca en el centro de la conversación pública.
En ese contexto, el conejo malo (Bad Bunny en adelante) le habló al mundo con una nitidez desarmante: “Lo único más fuerte que el odio es el amor”. En tiempos saturados de discursos de odio, su mensaje reivindica algo profundamente político: que el amor sigue siendo, pese a todo, la respuesta más radical y la mejor herramienta para confrontar la hostilidad que atraviesan nuestras sociedades.
Ahora bien, en lo personal, me habría entusiasmado escuchar a otro compositor y músico latino en ese escenario. No porque niegue la potencia del fenómeno, sino porque hay voces —a menudo invisibilizadas— que trabajan estas mismas temáticas desde los márgenes y rara vez alcanzan esta escala de escucha. El mainstream, nos guste o no, abre puertas de atención que luego debemos aprovechar para ensanchar el coro: sacar del “backstage” a quienes componen y resisten desde los zulos, desde la periferia, desde la intemperie. En ese sentido, qué bien que el foco haya sido lo latino; y ojalá esa luz no se quede en la vitrina, sino que ilumine también las otras orillas del reggaetón como movimiento: voces silenciadas que merecen emerger, multiplicando el mapa de quiénes cuentan y cómo se cuentan nuestras historias.
Flow, ritmo y corazón en el medio tiempo del Super Bowl
El medio tiempo del Super Bowl LX con Bad Bunny fue, ante todo, una fiesta latina: baile, banderas, acentos y una energía que recuerda que nuestra música no pide permiso para existir. Eso fue lo que emocionó: cuerpos en movimiento, ritmos aprendidos desde la infancia, los nombres y colores de nuestros países proyectados en pantalla y un puertorriqueño ocupando el centro del escenario más visto del espectáculo deportivo estadounidense.
Los cameos, las referencias culturales y los gestos de unión fueron hermosos. Entre ellos, el simbolismo de las bodas, que no son solo un acto romántico, sino rituales profundamente comunitarios: celebraciones colectivas con familia extendida, amigos, música, baile, comida típica y un gozo que dura hasta que el cuerpo dice basta. No se trataba de hablar de un matrimonio literal, sino de una unión cultural: mezclar raíces, música, tradición y espectáculo en el escenario más visto del mundo. Una fiesta que, como escribe Byung-Chul Han en Elogio de la inactividad, suspende el tiempo: “La intemporalidad es la esencia de la fiesta (...). En el tiempo de la fiesta, la vida ya no es supervivencia; la fiesta confiere a la vida más esplendor que la acción” (Han, 2023: 100–101). [1]
Bad Bunny llevó su identidad y su música al mundo, acompañado de invitados sorpresa como Ricky Martin y Lady Gaga. Y aquí aparece lo incómodo: se cantó en español en un evento que gran parte de Estados Unidos vive como “suyo”. Algunos sectores expresaron molestia por “no entender la letra” o por sentir que el show “no era americano”. La presencia de Lady Gaga —artista estadounidense y figura del pop anglófono— funcionó como puente: acercó a las audiencias en inglés sin diluir el sello latino del espectáculo.
Pero lo verdaderamente importante es que el show colocó el amor y el disfrute en el centro. Durante casi 14 minutos la conversación dejó de girar en torno a la “pureza racial” o a las “fronteras” culturales, para enfocarse en algo tan elemental como bailar y cantar juntos. Ese gesto tiene un peso político evidente en un escaparate masivo: el Super Bowl rompe récords de audiencia año con año, y el medio tiempo concentra aún más miradas. Decir ahí “baila sin miedo, ama sin miedo” importa. Es construir una contracultura festiva, gozosa y popular desde los derechos y la presencia de quienes hoy siguen siendo expulsados simbólica o materialmente de la llamada “tierra de las oportunidades”.
La otra cara: el Super Bowl como mito cohesionador hegemónico
Estados Unidos es una nación relativamente joven, y a diferencia de otros países, no tiene una historia milenaria compartida ni una cultura homogénea. El Super Bowl funciona como un mito cohesionador contemporáneo: un relato común que millones consumen al mismo tiempo, sin importar clase social, ideología o religión.
Ese día se detiene el país: se comparte el mismo lenguaje simbólico y se refuerza la idea de “somos parte de algo más grande”. El futbol americano encarna valores centrales del imaginario estadounidense: competencia extrema, estrategia, disciplina, sacrificio y éxito medible; perder no es opción, porque lo importante siempre es ganar, no el hecho de estar en colectividad.
El Super Bowl es la narrativa máxima del sueño americano: cualquiera puede llegar a la cima si trabaja lo suficiente. En síntesis, el evento reafirma la fantasía de la meritocracia, clave para la legitimidad del sistema. Por eso, un show de medio tiempo en este espacio hegemónico y simbólico de ciertos rasgos identitarios estadounidenses, más que unir, puede —y está— polarizando.
Se convierte en una oportunidad para que los más nacionalistas descalifiquen el mensaje o reivindiquen la expulsión de lo latino: quienes creen en la teoría del gran reemplazo, sectores del Make America Great Again (MAGA) o incluso afroamericanos que consideran un insulto que un latino hable en español en “su” evento. Lo que busco señalar con esto es que lo que fue un acto de orgullo latino puede resultar funcional a lo que mejor sabe hacer Donald Trump en particular —y la derecha en general, en el mundo—: imponer el lenguaje y llevar la discusión a donde le conviene. La derecha propone el lenguaje: un lenguaje que provoca y polariza. El mensaje de Trump fue contundente en X:
El show de medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores, jamás. No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad o excelencia. Nadie entiende una palabra de lo que dice ese tipo, y el baile es asqueroso, especialmente para los niños pequeños que están viendo en todo Estados Unidos y en todo el mundo. Este ‘show’ es una ‘bofetada en la cara’ para nuestro país, que está estableciendo nuevos estándares y récords cada día… No hay nada inspirador en este desastre de show de medio tiempo, y ya verán: tendrá buenas reseñas de los medios falsos porque no tienen idea de lo que pasa en el mundo real… y, por cierto, la NFL debería reemplazar de inmediato su ridícula nueva regla de kickoff. Hagamos a América grande otra vez.”
Ese es el libreto: escándalo, moralismo y ataque al diferente. Trump entiende que lo importante no es cuántas personas están en X, sino quiénes están allí; en esa
plataforma se monitorean noticias y se promocionan historias. Cada vez que publica, sabe que se cubrirá y que moldeará la agenda para que todos hablen de él. Además, busca recentrar el debate interno en la polarización, el caso Epstein y su aparición en los archivos —pese a haber prometido que publicaría todo—; también en los asesinatos cometidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés) y la movilización social frente a un líder como Trump, que no teme y fomenta la violencia.
Así, hablar del Super Bowl y del “peligro de lo latino” le resulta funcional: desplaza el ojo público a su terreno, donde provocar y criminalizar es su especialidad. En su publicación dice: “el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños…”; lo verdaderamente asqueroso es fingir que te importan la niñez cuando has sido denunciado por abuso sexual, al igual que otros hombres de tu círculo cercano, y al mismo tiempo ordenar la detención de hijos de migrantes y apoyar la violencia contra sus familias. Es decir, un pedófilo racista preocupado por los niños no debería convencer… pero, tristemente, convence.
Rastrea el dinero y entenderás por qué el conejo malo es un conejo ad hoc.
Es bueno preguntarse quién elige el medio tiempo del Super Bowl y a los artistas. La respuesta es clara: en 2019, la NFL firmó un acuerdo con Roc Nation (productora de eventos de Jay‑Z, por cierto, cuyo nombre también apareció en los archivos desclasificados de Jeffrey Epstein) para curar el show de medio tiempo. Desde entonces, todos los artistas principales que se han presentado han sido negros o latinos: 2020 – Shakira y Jennifer López; 2021 – The Weeknd; 2022 – Dr. Dre y Snoop Dogg; 2023 – Rihanna; 2024 – Usher; 2025 — Kendrick Lamar.
Y sí, ahora el medio tiempo es multicultural, pero con estos antecedentes parece que el show ha funcionado para acallar críticas por las injusticias. Es decir, la elección de Bad Bunny está dentro de lo revolucionariamente permisible del capitalismo: el mercado absorbe la rebeldía, la empaqueta y la vende como
identidad “cool” para las masas —la cooltura—. Así, la rebeldía se convierte en marca que genera utilidades multimillonarias. De ese modo, el sistema sale fortalecido al mostrarse “abierto”: todos sienten que ganaron, mientras las estructuras permanecen intactas (la presentación de Bad Bunny no desestructura la desigualdad sistémica del 1% frente al 99%). Y nosotros consumimos la experiencia de sentirnos críticos, incómodos, antisistema: por un momento nos concebimos como rebeldes, mientras disfrutamos —sí, gozosamente— de los placeres culturales que la hegemonía estadounidense ofrece.
Entonces, algo no huele bien. El Super Bowl es geopolítica emocional, es capitalismo en su forma más pura (y honesta). Es el altar del capitalismo estadounidense: anuncios más caros del mundo, marcas contando historias “emocionales”, consumo como forma de pertenencia. No se oculta: se celebra. En Estados Unidos, consumir es identidad. El mensaje es brutalmente coherente con su cultura: si existes, consumes; si consumes, perteneces. El Super Bowl se hereda, se aprende, se espera.
Por ende, el sistema permite que hoy “todos quieran ser latinos”, pero en gustos, no en papeles. Porque una cosa es nuestra cultura —¡qué chido verla fuerte y en primer plano!— y otra cosa son las terribles situaciones que viven millones de latinos en suelo estadounidense, víctimas de racistas a los que no les gustó que su Super Bowl fuera tomado por la fuerza latina.
Además, todo esto es una perfecta forma de proyectar un Trump tolerante: “los odio, pero miren, los dejo estar e incluso expresarse en el show más estadounidense”. Así, Estados Unidos se muestra innovador y diverso (al menos simbólicamente). Incluso cuando hay crítica (racismo, violencia, desigualdad), ésta se integra al espectáculo. Es una pedagogía cultural del poder estadounidense, transmitida año con año, sin necesidad de explicarse.
Una reflexión final: del estadio a la calle (y de la pantalla a la agenda)
Si el Super Bowl es un ritual esencial de la hegemonía estadounidense, su medio tiempo es el espejo donde esa hegemonía se maquilla de apertura. Este año nos mostró lo latino en primer plano… pero enmarcado por la maquinaria que convierte la diferencia en espectáculo y la controversia en combustible. Ahí entran quienes viven de la provocación calculada: convierten el español en afrenta, la danza en “escándalo” y el orgullo en “peligro”, para reencuadrar la conversación en su cancha y cosechar polarización.
Sin embargo, el hecho permanece: se escuchó español en el escenario más visto y millones vieron banderas, ritmos y afectos que no piden permiso. Ese instante no derriba estructuras, pero abre fisuras. Y por esas fisuras entra aire: entran nombres, historias, acentos que, si no nos organizamos, el sistema digerirá como una anécdota más de la cultura pop. Si nos organizamos, en cambio, ese pico de visibilidad se puede convertir en agenda.
La ruta es simple de nombrar y difícil de sostener: Se necesita traducir el momento en músculo (apoyo a medios y artistas periféricos, defensa legal a migrantes, alfabetización mediática contra la desinformación); exigir reglas y no solo relatos (diversidad medible en inversión, contratación y cadenas de producción cultural); ampliar el coro (que el mainstream no sea techo, sino puerta para las voces que el reggaetón y la música latina prometió sacar de la periferia).
Porque sí, el contenedor llamado el Super Bowl impone códigos; pero aún dentro del contenedor se pueden sembrar desobediencias. Y aquí la consigna que quedó flotando en el estadio sirve como brújula: baila sin miedo, ama sin miedo. Añadamos lo que hace falta para que no se quede en consigna: organiza sin miedo.
En resumen: no se trata de “ganar” el Super Bowl, sino de ganar el día después. Que el baile no termine cuando se apagan las luces, que el amor no sea eslogan, que el español no sea invitado, sino lengua de gobierno en nuestras decisiones cotidianas. Ya nos vieron: ahora que nos escuchen. Y que nos escuchen siempre. [1] Han, Byung-Chul. (2023). Elogio de la inactividad. Vida contemplativa. Penguin Random House Grupo Editorial. Ciudad de México, México.






