
20 jul 2026
Anna Karla Uribe Escalante
Llegamos a julio y la mitad del año suele convertirse en una invitación para hacer balances. Revisamos lo que salió bien, aquello que quedó pendiente y las metas que todavía esperamos alcanzar antes de que termine el calendario. Sin embargo, este 2026 parece exigirnos una reflexión más profunda. En tiempos de júbilo mundialista, pero también de incertidumbre permanente, de miedo colectivo, de desconfianza mutua y de distintas formas de odio que atraviesan nuestras sociedades, vale la pena detenernos un instante para pensar no sólo qué hicimos durante estos meses, sino también qué está ocurriendo con el mundo que habitamos.
Escribo desde mi lugar de enunciación: el de una internacionalista latinoamericana, profesora universitaria, investigadora y también mamá de una niña que apenas comienza a descubrir el mundo. Desde ahí observo las disputas y encuentros entre potencias y personas con una pregunta que cada vez me acompaña más: ¿qué clase de mundo vamos a heredar? Y quizá más importante todavía, ¿qué mundo podemos construir?
La distribución de la esperanza contra el monopolio del futuro
Creo que muchas personas sienten que estamos viviendo el fin del mundo. Yo pienso exactamente lo contrario. Lo que presenciamos es el final de una forma de organizar el mundo. Armando Bartra habla de una crisis civilizatoria para referirse a una crisis múltiple, profunda y prolongada que atraviesa simultáneamente nuestras formas de producir, consumir, gobernar, relacionarnos y comprender la realidad. Se trata de una crisis que puede sostenerse durante décadas mediante parches temporales, pero que termina revelando la necesidad de una transformación más profunda.[1]Precisamente porque no estamos ante el fin del mundo, sino ante el agotamiento de una forma histórica de organizarlo, todavía existe espacio para la esperanza.
El problema es que solemos confundir la esperanza con ingenuidad. Pensamos que esperar un futuro distinto significa ignorar los problemas del presente, cuando en realidad ocurre exactamente lo contrario. La esperanza implica reconocer las dificultades con toda su crudeza y decidir actuar a pesar de ellas. Quizá por eso estoy convencida de que no vivimos una crisis de futuro, sino una crisis de imaginación. Cuando una sociedad deja de imaginar alternativas, el presente comienza a parecer inevitable y en su lugar se instala la resignación. La apatía reemplaza al compromiso y terminamos convencidos de que nada puede cambiar porque “así son las cosas”.
De ahí la necesidad de la utopía, entendida como la capacidad de creer que las cosas pueden ser diferentes y actuar en consecuencia. Sus expresiones más poderosas rara vez ocupan las primeras planas. Habitan en los márgenes, en los rincones donde todavía sobrevive la voluntad de construir comunidad. Aparecen cuando un grupo de personas recupera un espacio abandonado, cuando alguien decide defender un bosque, una lengua, una biblioteca que parecía condenada al olvido. En una época que premia el aislamiento, reconstruir vínculos se convierte en un acto profundamente político.
Tocar la puerta de quien vive al lado para compartir un postre, sentarse a conversar con quien piensa distinto o involucrarse en la solución de un problema común son gestos aparentemente pequeños, pero cargados de una enorme potencia transformadora. La fragmentación se alimenta de individuos aislados; la esperanza nace cuando las personas deciden volver a reconocerse como parte de un nosotros. Por eso, en el siglo XXI, construir comunidad es una de las formas más valientes de resistencia. Y quizá sea también una de las más urgentes, porque la erosión de los vínculos colectivos no sólo debilita nuestra capacidad para actuar juntos: también modifica la forma en que entendemos a los demás.
Cuando dejamos de creer en proyectos colectivos comenzamos a refugiarnos en soluciones individuales y terminamos por entendernos únicamente como competidores. Poco a poco la cooperación deja de parecer necesaria y la diferencia comienza a percibirse como una amenaza. Entonces resulta más sencillo responsabilizar a quien piensa distinto que preguntarnos por qué nuestras sociedades se han vuelto tan incapaces de convivir con la diversidad; más sencillo señalar a quienes luchan por el reconocimiento de sus derechos que cuestionar los privilegios que sostienen el orden existente.
François Dubet plantea una idea tan incómoda como necesaria: solemos rechazar la desigualdad en abstracto mientras toleramos aquellas desigualdades que creemos que nos benefician o nos protegen.[2] Nos preocupa la desigualdad mientras nos perjudica, pero aprendemos a convivir con ella cuando pensamos que afecta a otros y no a nosotros. Ahí reside una de las grandes trampas de nuestro tiempo.
Estamos profundamente equivocados. En una sociedad desigual nadie está realmente protegido. La desigualdad es una hidra que tarde o temprano termina alcanzándonos con alguno de sus múltiples rostros. Puede expresarse como precariedad económica, exclusión educativa, vulnerabilidad ambiental, rezago tecnológico o segregación territorial. Pero quizá su forma más peligrosa sea otra: la desigualdad también distribuye la capacidad de imaginar el futuro. No sólo distribuye riqueza. También distribuye expectativas. El sistema nos ha convencido de que todos partimos del mismo lugar y que el éxito depende exclusivamente del mérito individual. Sin embargo, las oportunidades también tienen geografía, género y color de piel. Cuando olvidamos esa realidad, el presente comienza a parecer natural y las injusticias se vuelven justificables.
Esa normalización tiene otra consecuencia preocupante: nos dificulta comprender el mundo que emerge frente a nosotros. La crisis de imaginación no sólo limita nuestra capacidad para pensar futuros distintos; también limita nuestra capacidad para entender el presente. Explicamos un mundo nuevo con categorías que pertenecen a otro momento histórico. Durante buena parte del siglo XX observamos el sistema internacional como un tablero relativamente comprensible, compuesto por grandes potencias, alianzas militares y bloques ideológicos más o menos definidos. Hoy el escenario es mucho más complejo.
El poder continúa en los Estados, pero también circula por las plataformas digitales, las corporaciones tecnológicas, los medios de comunicación, las universidades, los organismos internacionales, los laboratorios de inteligencia artificial y las redes que controlan los datos, el conocimiento y la producción de riqueza. El mundo cambió, pero muchas de nuestras herramientas para interpretarlo permanecieron intactas.
Por eso seguimos pensando en términos binarios: Estado o mercado, izquierda o derecha, Oriente u Occidente, como si la realidad pudiera reducirse a esas oposiciones. Con frecuencia describimos este escenario como multipolar, pero quizá sea más preciso hablar de pluripolaridad. La diferencia no es menor. La multipolaridad supone varios centros de poder que compiten entre sí; la pluripolaridad reconoce que esos polos también representan distintas formas de entender el desarrollo, la democracia, la cultura, la relación con la naturaleza y con la vida misma. Lo que está en disputa no es únicamente quién acumula más poder, sino quién logra construir el relato con el que el resto del mundo interpretará la realidad. En esa competencia entre narrativas, imaginarios y proyectos civilizatorios se juega una de las grandes batallas del siglo XXI.
Quizá ahí aparece uno de los mayores desafíos para Occidente. Maruan Soto Antaki sostiene que Occidente es, ante todo, una construcción cultural que durante mucho tiempo logró convertir gran parte de sus ideas en sinónimo de universalidad.[3] Su declive no comienza cuando surgen nuevos actores con poder. Comienza cuando se pierde la capacidad de imaginar respuestas nuevas. Por ello, más que un escenario exclusivamente amenazante, el siglo XXI también puede representar una oportunidad histórica para que otras regiones, otras culturas y otras experiencias participen en la construcción de los relatos con los que interpretamos la realidad.
Y creo que justamente ahí nace una razón adicional para la esperanza. Si el siglo XX estuvo marcado por la concentración del poder y de la capacidad de narrar el mundo por unos pocos, el siglo XXI podría abrir espacios para una conversación mucho más plural. No porque desaparezcan los conflictos o las asimetrías, sino porque cada vez más actores disputan el derecho a explicar quiénes son, qué desean y cómo imaginan su futuro.
América Latina y la política de la esperanza
En este contexto, América Latina suele aparecer representada a través de una narrativa recurrente: una región fragmentada, incapaz de cooperar y condenada a la división permanente. Quizá exista algo de verdad en esa descripción, pero como afirma Chimamanda Ngozi Adichie, el problema de los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos.[4]
También somos la región donde millones de personas sostienen diariamente prácticas comunitarias, defienden territorios, protegen semillas, construyen cooperativas, organizan redes de cuidado y generan formas de solidaridad que rara vez ocupan las primeras planas. Somos la región de quienes se niegan a aceptar que la competencia sea el único principio de organización social. Esa también es América Latina.
No necesitamos una gran utopía en la que todos pensemos igual. Necesitamos una metautopía. Recupero aquí el concepto de Robert Nozick porque permite pensar uno de los grandes desafíos del siglo XXI: la convivencia entre diferencias. La metautopía no pretende construir una sociedad perfecta ni imponer una única visión de futuro. Busca algo mucho más realista y, quizá por ello mismo, más valioso: generar acuerdos mínimos capaces de sobrevivir a nuestras diferencias.
Las principales amenazas de nuestro tiempo no distinguen entre ideologías, fronteras o nacionalidades. La pregunta ya no debería ser cómo logramos que todos compartan la misma visión del mundo, sino qué desafíos nos obligan a actuar juntos, aunque pensemos distinto. Cuando ocurre una tragedia, tan terrible como los terremotos de junio en Venezuela, América Latina suele recordarnos que esa cooperación es posible. Universidades, organizaciones sociales, brigadas comunitarias, equipos de rescate y ciudadanos comunes colaboran mucho antes de que concluyan las disputas diplomáticas. En esos momentos aparece una lección fundamental para el futuro: la cooperación no surge de la uniformidad, surge del reconocimiento de una vulnerabilidad compartida.
La cooperación del siglo XXI no puede limitarse a las cancillerías. Tiene que ocurrir entre universidades, ciudades, organizaciones sociales, cooperativas, periodistas, científicos, artistas y estudiantes. Las regiones no se integran únicamente mediante mercancías o tratados comerciales. También se construyen a través de la confianza, la circulación de ideas y los vínculos humanos. La verdadera integración ocurre cuando las personas estudian, investigan, crean juntas y aprenden a reconocerse mutuamente como parte de un destino compartido.
Durante décadas nos dijeron que la integración dependía principalmente del comercio. Sin negar su importancia, quizá llegó el momento de reconocer algo más profundo: las regiones no se sostienen sólo por la circulación de mercancías; se sostienen por la circulación de personas, conocimientos, afectos y experiencias compartidas. Los tratados pueden acercar economías, pero son los vínculos humanos los que construyen comunidades de destino.
El siglo XXI todavía no está escrito
Dentro de unas semanas llegará agosto. Después septiembre. Y casi sin notarlo volveremos a decir que el año pasó demasiado rápido. Sin embargo, la historia no avanza con la velocidad del calendario. Los grandes cambios de época tardan décadas en hacerse visibles. Quizá por eso cuesta tanto reconocer que estamos viviendo uno de ellos.
No sabemos exactamente cómo será el mundo que emergerá de esta transición. Nadie puede saberlo. Lo que sí sabemos es que ningún orden internacional ha sido eterno. Todos parecieron inevitables hasta que dejaron de serlo. Por eso me resisto profundamente al discurso del fin del mundo. Como internacionalista, entiendo que los sistemas cambian. Como académica, sé que ninguna explicación permanece vigente para siempre. Y como madre, necesito creer que todavía somos capaces de construir un mundo más justo que el que recibimos.
Porque no estamos viviendo el fin del mundo. Estamos viviendo el fin de un mundo. Y esa diferencia cambia por completo la conversación. La esperanza no es ingenuidad. La esperanza es una forma de acción política. Y quizá esa sea la noticia más importante de este julio de 2026: el siglo XXI todavía no está escrito. Apenas comienza.
Referencias
[1] Bartra, Armando. (2013). "Crisis civilizatoria". En Ornelas, Raúl. (coord.). Crisis civilizatoria y superación del capitalismo. Ciudad de México: IIEC/UNAM. P.p. 42-43.
[2] Dubet, Francois. (2021). ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario). Ciudad de México: Siglo XXI editores. p. 15.
[3] Soto, Maruan. (2018). Pensar Occidente. Ciudad de México: Editorial Taurus.
[4] Adichie, Chimamanda. (2019). El peligro de la historia única. Madrid: Editorial Random House.
