
3 sept 2026
Por Sofía Mora Torres
Programa de Feminismo y Relaciones Internacionales
“Murió joven pero al menos murió bonita porque estaba delgada.” Recuerdo haber escuchado esa frase en mi primer semestre de la universidad. La dijo una profesora al hablar de su compañera que había fallecido a causa de un trastorno alimenticio. No recuerdo exactamente qué más dijo ese día. Sí recuerdo, en cambio, la incomodidad que me dejó escucharla. Reflexione durante días en cómo era posible que, incluso ante la muerte de una mujer, su cuerpo siguiera siendo parte de la conversación. Como si su apariencia siguiera importando más que su propia muerte. Como si incluso después de su fallecimiento, su cuerpo todavía tuviera que demostrar que había sido suficiente.
Con el tiempo entendí que ese comentario no era un acto aislado o una frase desafortunada. Más bien es la manera en la que nos enseñaron a mirar los cuerpos de las mujeres, a evaluarlos, compararlos y corregirlos. Desde pequeñas aprendimos qué cuerpos admirar, cuáles deben esconderse y cuánto tenemos que cambiar para acercarnos a un ideal que, en realidad, nunca termina de alcanzarse. Es por ello que hablar del cuerpo de las mujeres también es hablar de poder y dominación. Porque quizá algo que siempre pensamos que nos pertenece, nuestro propio cuerpo, termina convirtiéndose en parte de una norma social. Una norma que nos dice cómo debemos vernos, cuánto espacio tenemos que ocupar y cuánto de nosotras estamos dispuestas a cambiar para sentir que somos suficientes ¿Suficientes para quién? Ojalá tuviera respuesta. Tal vez ese tipo de preguntas son las que valen la pena hacernos.
La idea de la insuficiencia pertenece al sistema patriarcal en el que vivimos. De acuerdo a Susan Bordo, el cuerpo femenino no solo se observa, sino se produce a través de prácticas cotidianas como la autovigilancia constante, el ejercicio y las dietas, hasta que se convierten en un proyecto interminable. Bordo entiende a los trastornos alimenticios no como una falla individual, sino como un síntoma de una sociedad enferma que exige a las mujeres como deben comportarse y verse frente a los demás. No se trata de dejar de lado procesos de autocuidado y salud mental sino en reflexionar quién decidió que existía una única forma correcta de hacerlo.
Aún así, en medio de crisis geopolíticas, crisis económicas y ambientales, el cuerpo de las mujeres sigue siendo un tema de conversación. La conversación se agravó con el uso excesivo de redes sociales. Estudios demuestran que existe una relación entre el uso de las redes sociales y el riesgo de padecer un trastorno alimenticio. Cada scroll en redes es una nueva oportunidad para compararnos contra cuerpos editados, filtrados, iluminados con una perfección que no existe fuera de la pantalla. De acuerdo a Susie Orbach, ya no basta con solo tener un cuerpo, hay que gestionarlo, presentarlo y actualizarlo como si fuera un proyecto de relaciones públicas. Es así que la comparación ya no ocurre solamente frente al espejo, se ha trasladado a comparaciones constantes frente a cuerpos ajenos que aparecen, sin pedir permiso, en nuestros teléfonos.
A su vez, el auge de celebridades extremadamente delgadas, la epidemia de medicamentos para bajar de peso como el ozempic y la cultura de las tradwifes o cleanlooks tiene una conclusión: buscan que las mujeres sean pequeñas, hambrientas y controlables. La realidad es que el algoritmo de las redes sociales nos muestra “lo que más engancha” no lo que necesariamente nos hace bien. Por ello es importante reflexionar sobre lo que consumimos en el entorno digital. Hay que cuestionarnos “¿esto me inspira a ser mejor persona o por el contrario, me hace sentir insuficiente?”
