
4 sept 2026
Por Gabriela Alejandra León
Programa Feminismo y Relaciones Internacionales
En enero de 1937, la diplomática mexicana Palma Guillén escribió desde Copenhague una carta al presidente Lázaro Cárdenas. No era un trámite protocolario: le informaba que su sueldo era menor al de sus antecesores varones, pese a ocupar el mismo cargo. Cárdenas ordenó equiparar. Dos años antes, en 1935, Guillén se había convertido en la primera mexicana en ejercer un cargo diplomático de alto rango, enviada extraordinaria y ministra plenipotenciaria en Colombia, apenas un año después de que una reforma a la Ley Orgánica del Servicio Exterior eliminara el impedimento legal para que las mujeres mexicanas ejercieran la carrera diplomática, según reconstruye una investigación reciente de la Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM.
Casi noventa años después, la pregunta que Guillén planteó sin proponérselo, cuánto vale institucionalmente el trabajo de una mujer en la diplomacia mexicana, sigue sin respuesta cerrada. De acuerdo con un análisis del diagnóstico más reciente de la Cancillería, el cuerpo de carrera del Servicio Exterior Mexicano (SEM) está integrado en 37% por mujeres. Esa proporción cae a 30% entre las y los consejeros y a apenas 18% en el rango más alto, el de ministras y ministros. Este artículo recorre la historia de las mujeres que, una tras otra, fueron “la primera” en la diplomacia mexicana, para entender por qué el país sigue produciendo primicias individuales en lugar de una paridad consolidada.
La historia diplomática mexicana no es, para las mujeres, un relato de apertura gradual y acumulativa, sino una sucesión de excepciones. Cada época produjo su propia “primera” (la primera diplomática, la primera embajadora, la primera embajadora de carrera, la primera canciller), celebrada como avance, pero ninguna de esas rupturas individuales terminó de convertirse en norma institucional estable. Entre la reforma legal de 1934 y la política exterior feminista anunciada en 2020, la brecha no solo persiste: se agudiza mientras más alto es el rango.
1920-1937: la apertura legal y la primera excepción
Antes incluso de Guillén hubo un antecedente menos conocido: en 1920, el presidente Venustiano Carranza nombró a la sufragista Hermila Galindo comisionada cultural, un cargo de representación internacional que rara vez se cuenta entre los “primeros” oficiales de la diplomacia mexicana. La reforma que sí abrió esa puerta de forma explícita llegó en 1934, cuando el Congreso modificó la Ley Orgánica del Servicio Exterior para eliminar el impedimento legal a que las mujeres fueran funcionarias del cuerpo diplomático y consular.
Palma Guillén, maestra normalista y doctora en la entonces Escuela Nacional de Altos Estudios de la UNAM, fue nombrada por Cárdenas ministra plenipotenciaria en Colombia de febrero de 1935 a agosto de 1936, y después en Dinamarca, Suiza y Cuba. También fue delegada mexicana ante la Sociedad de las Naciones en Ginebra, donde denunció públicamente la invasión fascista a Etiopía y el abandono de la República española frente al fascismo europeo. Al volver a México se incorporó a la UNAM, donde en 1956 publicó un estudio pionero sobre el papel de las mujeres en la historia nacional, de acuerdo con el recuento publicado por la Revista BiCentenario. Su reclamo salarial de 1937 quedó como precedente: la ley abría la puerta, pero era la mujer que la cruzaba quien debía, además, litigar por su propia igualdad puertas adentro.
1953-1962: de la designación política a la carrera diplomática
La siguiente “primera” no llegó por ley, sino por trayectoria política. En 1953, año en que se reconoció el voto femenino en México, Amalia González Caballero de Castillo León se convirtió en la primera mujer en ostentar formalmente el rango de embajadora, destinada a Suecia. Feminista y fundadora del Ateneo Mexicano de Mujeres y del Club Internacional de Mujeres, ocuparía después embajadas en Suiza, Finlandia y Austria, además de la representación mexicana ante Naciones Unidas.
Casi una década después, en 1962, se dio un segundo tipo de primicia, menos vistosa pero igual de significativa: Paula Alegría Garza, quien había ingresado al Servicio Exterior Mexicano en 1946 y participado en la delegación mexicana que fundó la UNESCO, se convirtió en la primera embajadora surgida propiamente de la carrera diplomática, es decir, de un ascenso profesional dentro del servicio exterior y no de un nombramiento político excepcional. En teoría, ya existía entonces una vía institucional para que las mujeres llegaran a una embajada. En la práctica, el ritmo fue casi imperceptible: en 1992 México tenía apenas tres embajadoras, y para 2004 la cifra había subido a doce, un número que se mantuvo prácticamente sin cambios hasta 2013.
El techo que no se ha roto: las cancilleres
El cargo más alto de la diplomacia mexicana, la Secretaría de Relaciones Exteriores, ha sido ocupado por una mujer en cuatro ocasiones: Rosario Green (1998-2000), Patricia Espinosa (2006-2012), Claudia Ruiz Massieu (2015-2017) y Alicia Bárcena (2023-2024). El patrón es notable: en las cuatro ocasiones, sin excepción, quien sucedió a la canciller en turno fue un hombre (Jorge Castañeda tras Green, José Antonio Meade tras Espinosa, Luis Videgaray tras Ruiz Massieu y Juan Ramón de la Fuente tras Bárcena). Desde el 1 de abril de 2026, el cargo lo ocupa Roberto Velasco, designado tras la salida de De la Fuente por motivos de salud, con lo que suman ya dos titulares hombres consecutivos después de Bárcena.
Mientras tanto, en el resto del servicio exterior el avance fue igual de desigual: en 2016, 75% de los embajadores y cónsules mexicanos eran hombres. Incluso los casos de éxito individual más visibles apuntan en la misma dirección: cuando la embajadora María del Socorro Flores Liera fue nombrada, en 2021, jueza de la Corte Penal Internacional, la primera mexicana en un tribunal internacional, México celebró el reconocimiento. Pero, de acuerdo con un análisis de Foreign Affairs Latinoamérica, ese reconocimiento llegó fuera de la Cancillería, no como ascenso dentro de ella.
La brecha, hoy, en números
En 2020, México anunció una política exterior feminista, el primer país de América Latina en adoptar esa etiqueta para su diplomacia. Cinco años después, el diagnóstico interno que sustenta esa política revela la distancia entre el anuncio y la estructura: al 19 de abril de 2024, el cuerpo de carrera del SEM estaba integrado por 1,066 personas, de las cuales 395 (37%) eran mujeres y 671 (63%) hombres.
El dato más revelador es que la desigualdad no es pareja: entre más alto el rango, mayor la disparidad. Entre las y los consejeros, apenas 30% son mujeres. En el nivel de ministras y ministros, el escalón más alto de la carrera diplomática, la proporción cae a 18%. Un estudio de 2023 citado por Foreign Affairs Latinoamérica atribuye parte de esa brecha a sesgos en el propio sistema de evaluación para ascensos, que en igualdad formal de condiciones penaliza a las mujeres en la asignación de puntos y de destinos. En 2024, la Cancillería probó por primera vez una medida afirmativa para corregirlo: un concurso de ascenso que reservó 55% de las plazas en disputa para mujeres y 45% para hombres.
Cierre: primicias que no se convierten en norma
Casi noventa años después de que Palma Guillén exigiera que se le pagara lo mismo que a sus colegas varones, la historia diplomática mexicana sigue relatandose a través de sus “primeras” en lugar de narrarse a través de una paridad sostenida. Esa manera de contar la historia no es inocente: permite celebrar el hito individual, incluida ahora una cuarta canciller, sin rendir cuentas sobre lo que ocurre después de él, en el tramo largo entre el ingreso y la cúpula.
Las soluciones, a juzgar por lo que la propia Cancillería ha empezado a ensayar, no son un misterio: medidas afirmativas explícitas y sostenidas en los concursos de ascenso, no solo en un ciclo aislado; revisión de los criterios de evaluación que hoy penalizan indirectamente a las mujeres, empezando por la asignación de destinos de difícil desempeño; y publicación periódica y pública de los diagnósticos internos de paridad, para que el avance, o su ausencia, pueda medirse año con año.
Palma Guillén logró, en 1937, que le pagaran lo mismo que a sus colegas hombres por el mismo cargo. Casi nueve décadas después, la pregunta ya no es si una mujer puede llegar a la embajada o incluso a la Cancillería, sino si, una vez ahí, la puerta se queda abierta para la siguiente.
Referencias
24 de Junio. (2024, 24 de junio). La política exterior feminista de México, un instrumento
para la paridad en el Servicio Exterior Mexicano. Globalitika. https://www.24dejuniomx.com/blog/la-poltica-exterior-feminista-de-mxico-un-instrumento-para-la-paridad-en-el-servicio-exterior-mexicano
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Foreign Affairs Latinoamérica. (2025, 17 de febrero). La política exterior feminista: ensayo para la retención de las mujeres en la diplomacia mexicana. https://revistafal.com/la-politica-exterior-feminista-ensayo-para-la-retencion-de-las-mujeres-en-la-diplomacia-mexicana/
Galeana, P. (coord.). (2022). Diplomáticas mexicanas. Siglo Veintiuno Editores/CIALC.
Gaytán Guzmán, R. I. (2025). Palma Guillén. El largo camino hacia un ministerio. Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM, (151), 13-44. https://www.revistas.unam.mx/index.php/rri/article/view/91602
Infobae. (2026, 1 de abril). Quién es Roberto Velasco, designado por Claudia Sheinbaum como nuevo titular de la SRE. https://www.infobae.com/mexico/2026/04/01/quien-es-roberto-velasco-designado-por-claudia-sheinbaum-como-nuevo-titular-de-la-sre/
Misión Política. (2019, 12 de marzo). Mujeres y el ámbito diplomático. https://misionpolitica.com/2019/03/12/mujeres-y-el-ambito-diplomatico/
Pompa Alcalá, G. (2024, 20 de agosto). Los pasos de Palma Guillén en el servicio diplomático. Revista BiCentenario. https://revistabicentenario.com.mx/index.php/archivos/los-pasos-de-palma-guillen-en-el-servicio-diplomatico/
Ramírez Flores, N. (2006). La mujer en la diplomacia mexicana. Anuario Mexicano de Derecho Internacional, 6, 759-784.
