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El creciente síntoma de la polarización

Por Aranza Jiménez Schulz


Guerra en Irán: Avances y amenazas


La semana del 13 al 17 de abril de 2026 volvió a girar en torno a la tensión entre Estados Unidos e Irán, un conflicto que sigue lejos de resolverse, pero que esta vez mostró movimientos clave a lo largo de los días. Desde el inicio de la semana, las amenazas coercitivas por parte de Estados Unidos, particularmente desde la figura de Donald Trump, marcaron un tono agresivo que elevó aún más la incertidumbre en la región.


La guerra con Irán sigue siendo un tema sumamente tenso. Por un lado, estuvieron las amenazas coercitivas de Estados Unidos, en particular de Donald Trump, con una postura extremadamente agresiva frente a Irán, lo que elevó todavía más la tensión en la región. En medio de este panorama, Pakistán decidió mediar entre ambas partes y, como resultado de esas negociaciones, se logró un cese al fuego temporal mientras continúan las conversaciones, además de la reapertura del Estrecho de Ormuz, que era uno de los puntos más preocupantes por todo lo que implica para el comercio y el petróleo.


Al final, después de las negociaciones que se llevaron a cabo entre Estados Unidos e Irán, y en medio de la desconfianza que existía sobre si realmente podían llegar a un acuerdo, sí se consiguió al menos una pausa en las hostilidades. Pakistán jugó un papel importante como mediador y, a raíz de este proceso, también se dio la reapertura del estrecho de Ormuz. Sin embargo, las negociaciones siguen, porque todavía no se puede hablar de un fin definitivo de la guerra ni de una paz duradera en la región.


A esto también se suma el tema de Israel y Líbano, ya que ese conflicto también escaló en fechas recientes. En este caso, Hezbollah, un grupo armado chiita respaldado por Irán, ha sido una pieza central dentro de esta confrontación, y por ello también se alcanzó un alto al fuego temporal en ese frente. Esto muestra que no se trata de un conflicto aislado, sino de una crisis regional mucho más amplia, donde varios actores están conectados entre sí.


Ahora bien, los desacuerdos no han terminado. Uno de los puntos más delicados sigue siendo el programa nuclear iraní. La postura que se ha manejado desde Estados Unidos es que Irán tendría que frenar durante un periodo largo toda actividad nuclear, mientras que del lado iraní la disposición parece ser mucho más limitada en tiempo. Es justamente ahí donde siguen atoradas buena parte de las negociaciones.


Por otro lado,  la reapertura del estrecho de Ormuz también tuvo efectos económicos inmediatos. Al reabrirse este paso estratégico, el precio del petróleo bajó, mientras que los mercados reaccionaron con cierto optimismo ante un panorama menos incierto, al menos de manera temporal. Esto no significa que el problema esté resuelto, pero sí que hubo una reacción positiva frente a la posibilidad de una desescalada.


Y en todo esto, Europa tampoco se podía quedar al margen. La Unión Europea depende fuertemente del comercio y del petróleo que circula por el estrecho de Ormuz, así que para ellos esta crisis fue especialmente delicada. Por eso impulsaron reuniones y esfuerzos diplomáticos orientados a favorecer la reapertura de este paso y a respaldar el alto al fuego. De hecho, Francia y Reino Unido volvieron a figurar como actores centrales dentro de esta respuesta, algo que tampoco sorprende, porque históricamente suelen asumir ese papel dentro de Europa en crisis internacionales de este tipo.


Cumbre Progresista en Barcelona

El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, convocó recientemente en Barcelona una reunión de alto nivel que se ha presentado como una especie de cumbre progresista, la cual busca ser una alternativa frente al auge que está teniendo la ultraderecha en Europa y, al mismo tiempo, también busca colocarse como una especie de frente político e ideológico frente a Donald Trump y frente a todo lo que su regreso representa en la política internacional.


En este encuentro participarán, por parte de América Latina, los presidentes Gustavo Petro de Colombia, Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil, Claudia Sheinbaum de México y Yamandú Orsi de Uruguay. También estarán presentes el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; la primera ministra de Barbados, Mia Amor Mottley; y el ex primer ministro de Suecia, Stefan Löfven. En total, se espera la presencia de más de 3,000 personas llegadas de distintas partes del mundo en la Fira de Barcelona. 



Ahora bien, como podemos ver, se trata principalmente de mandatarios y figuras políticas que forman parte de gobiernos de izquierda o que al menos se asumen como progresistas o cercanos a esa corriente. Y justo por eso creo que esta cumbre, aunque se presenta como un intento por defender la democracia y frenar el avance de la ultraderecha, también termina mostrando que el escenario internacional está cada vez más polarizado. Es decir, no solo se está formando un frente contra la derecha radical, sino que también se está consolidando un contrapeso ideológico muy claro del otro lado.


Sin embargo, también hay que decir que este momento internacional justamente está funcionando bajo una lógica de contrapesos. Porque sí es cierto que en Europa los movimientos ultranacionalistas y de derecha dura han venido creciendo con mucha fuerza, y al mismo tiempo también tenemos a Donald Trump de vuelta en la escena internacional, con una política exterior mucho más agresiva, mucho más dura y mucho más inclinada a recuperar una lógica de predominio estadounidense. De hecho, él mismo ha reivindicado la Doctrina Monroe y ha planteado una especie de actualización de esa visión para reafirmar el liderazgo de Estados Unidos en el hemisferio


Y eso se nota claramente en América Latina. Por un lado, está el caso de Venezuela, donde desde Washington se ha mantenido una postura sumamente dura frente al gobierno de Maduro y donde sigue existiendo la idea de empujar una transición política. Por otro lado, también está Cuba, donde la administración estadounidense ha endurecido otra vez la presión económica y energética, buscando generar cambios por la vía coercitiva, aunque todavía no se ha definido públicamente en qué foro o bajo qué mecanismo exacto se buscaría estructurar una estrategia más amplia hacia la isla. Lo que sí es evidente es que existe una voluntad de presión muy marcada.


También está el caso de Colombia, donde el discurso estadounidense ha insistido en la necesidad de una transición democrática sólida y de elecciones libres, dentro de una narrativa que pone mucho énfasis en el Estado de derecho y en la estabilidad institucional. El problema es que, aunque ese lenguaje se presenta como defensa de la democracia, muchas veces también coloca a Estados Unidos en una posición de vigilancia constante sobre la política interna latinoamericana, como si siguiera asumiendo que tiene un papel natural de supervisor regional.


Y si nos vamos a Perú, también aparece otro factor que ya no es solamente ideológico, sino claramente geopolítico y económico: la preocupación estadounidense por la presencia de China en infraestructura estratégica latinoamericana, en especial en puertos y corredores logísticos. Ahí ya no se trata solo de democracia o de gobernabilidad, sino también de la competencia abierta entre Washington y Pekín por influencia, comercio, rutas estratégicas y presencia en la región.


Por eso, esta cumbre en Barcelona puede leerse de dos maneras. Por un lado, como un esfuerzo legítimo por articular una respuesta frente al auge de la ultraderecha, frente al debilitamiento del multilateralismo y frente al regreso de discursos más agresivos e intervencionistas. Pero por otro lado, también puede verse como una muestra de que el mundo está entrando cada vez más en una lógica de bloques ideológicos, donde cada actor busca reagruparse frente a lo que considera una amenaza. En ese sentido, más que reducir la polarización, esta cumbre también parece insertarse en ella.


 
 
 

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