Un respiro momentáneo en un mundo que sigue en tensión
- Gabriela González Flores
- hace 19 horas
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Por Aranza Jiménez Schulz
Las guerras suelen mostrar lo peor del ser humano. Sin embargo, también pueden acelerar cambios que antes parecían lejanos o demasiado lentos. Eso es lo que está ocurriendo con la transición energética.
La crisis en el estrecho de Ormuz volvió a poner sobre la mesa un problema evidente: depender del petróleo sigue siendo una vulnerabilidad estratégica. Cuando una ruta clave para la entrada y salida de crudo se bloquea o se vuelve insegura, los precios suben y los países quedan expuestos. Lo que antes se discutía principalmente como un compromiso ambiental, hoy empieza a verse como una necesidad de seguridad internacional.

En otras palabras, la transición hacia energías más limpias ya no se entiende solo como una política climática. También se está convirtiendo en una forma de proteger a los Estados frente a crisis externas. Quién diría que, en estos tiempos, depender demasiado del petróleo podría convertirse en un problema no solo económico, sino geopolítico.
Esto no significa que el cambio sea sencillo. La transición energética también puede ser desigual. Algunos países tienen más recursos, tecnología e infraestructura para adaptarse; otros, en cambio, pueden quedar rezagados o enfrentar costos más altos. Pero la idea central es clara: la crisis energética está empujando a muchos gobiernos a tomar más en serio el abandono gradual de los combustibles fósiles.
A esta discusión se suma otro dato importante: el Fondo Monetario Internacional proyecta que el mundo crecerá poco. El problema no viene solo de la energía, aunque está muy relacionado con ella. También tiene que ver con el encarecimiento de productos básicos, la incertidumbre global y la falta de inversión. Para América Latina, esto pesa todavía más, porque la región ya venía arrastrando problemas estructurales: baja productividad, poca inversión y sistemas fiscales débiles.
El impacto no será igual para todos. Los países exportadores de petróleo, como Ecuador, Colombia, Brasil, Guyana, Trinidad y Tobago o Argentina, pueden beneficiarse parcialmente de precios más altos. Pero eso no significa que todo sea ganancia. Si el petróleo sube, también suben el transporte, los alimentos y los costos de producción. Es una cadena. Se vende más caro, pero también cuesta más producir y sostener la economía interna.
Para los países que importan energía, el golpe es todavía más directo. Compran más caro, pagan más por transporte, electricidad y alimentos, y tienen menos margen para subsidiar sin afectar sus finanzas públicas. Por eso la crisis no golpea igual a toda América Latina: depende de qué produce cada país, qué importa y qué tan fuerte o débil está fiscalmente.
Por otro lado, Malí vuelve a aparecer como uno de los focos más delicados del Sahel. El país está gobernado por una junta militar desde los golpes de Estado de 2020 y 2021. Los militares llegaron al poder argumentando corrupción, falta de seguridad y la incapacidad del gobierno civil para controlar el territorio frente a insurgencias que se arrastran desde 2012.
Hoy, el actor principal detrás de varios ataques es el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes, una filial de Al Qaeda en la región. Su objetivo no es necesariamente tomar el gobierno central como en una guerra convencional. Su lógica es distinta: debilitar al Estado, expulsarlo de zonas del norte y centro del país, controlar rutas comerciales y construir un orden paralelo basado en justicia islámica local y tributación informal.
Esto es importante porque no necesitan controlar la capital para ganar poder. Les basta con controlar periferias, zonas rurales y corredores estratégicos donde el Estado llega poco o llega mal.
Tras la salida de Francia y el retiro de la misión de la ONU, la junta buscó apoyo en Rusia, especialmente a través del grupo Wagner, luego reorganizado bajo estructuras vinculadas a Africa Corps. Para Malí, Rusia ofrecía algo que Europa y Francia no: apoyo militar sin exigir elecciones ni condiciones democráticas. Para Rusia, Malí representaba acceso político al Sahel, recursos naturales como el oro y una oportunidad para competir con Occidente en África.
La escalada actual muestra que ese modelo tampoco ha logrado estabilizar el país. El ejército puede mantener control sobre algunas ciudades, pero los grupos insurgentes siguen ganando fuerza en zonas rurales y estratégicas. Por eso Malí no es solo una crisis local: es parte de una disputa más amplia por el control del Sahel, una región donde se cruzan terrorismo, recursos naturales, gobiernos militares, presencia rusa y retirada occidental.
En conjunto, estas noticias muestran un mismo patrón: el mundo está entrando en una etapa donde las crisis ya no se quedan dentro de una sola frontera. Una guerra puede afectar el precio del petróleo, eso puede modificar la transición energética, presionar el crecimiento económico y golpear de manera desigual a regiones como América Latina. Al mismo tiempo, conflictos como el de Malí muestran cómo la debilidad estatal y la competencia entre potencias siguen reconfigurando el mapa internacional.




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